-
-
-
-

20 julio 2010

Viajes: Miami, en plan familiar

Más allá de sus espléndidas playas, la movida nocturna o sus tentadores centros de compras, la ciudad de Miami ofrece una importante variedad de opciones para disfrutar en familia. Hay entre otras propuestas, museos, reservas animales o grandes acuarios. Todo parece planeado hasta el último detalle en lugares como el Seaquarium, el espectacular zoológico Jungle Island o el Miami Children’s Museum, las principales atracciones infantiles de Miami. Por ejemplo, los chicos que se dejan llevar de la aleta de un delfín siempre llegan a buen destino luego de ese vertiginoso paseo o incluso pueden fabricar dinero falso sin tener encima a los sabuesos del FBI.

Si gustan, en el camino también hay sorpresas, retazos de un mundo salvaje y desinhibido que no da cuentas de horarios ni de rejas. Hay monos que chillan cuando ven a su cuidadora acercarse a la jaula, cocodrilos que sobrevivieron a accidentes y canguros cachorros, que cuando se acaba el biberón de leche con el que se los alimenta no tienen inconvenientes en cebarse con los cordones de las zapatillas hasta dejarlos inservibles.

Seaquarium

El Miami Seaquarium está ubicado a orillas del mar y desde la playa que lo rodea hay una impresionante vista de los rascacielos del centro de la ciudad. Por supuesto, tiene todas las atracciones habituales de los grandes acuarios –orca, delfín, tiburón, cocodrilo, tortuga gigante, pescaditos de colores– y algún que otro animal marino sorprendente. Abrió sus puertas el 24 de setiembre de 1955 y por aquel entonces no tenía parangón con ningún otro acuario del mundo, al menos en tamaño. Bebe, el primer delfín que nació en este parque, fue una de las estrellas del programa de televisión Flipper durante la década del 60. Todavía hoy, los delfines son las estrellas del acuario.

En una pileta de unos 30 metros, tres de ellos te sacan a pasear. Las órdenes de los entrenadores son sencillas. Hay que agarrarse de la base de la aleta rodeándola con el brazo y ellos te llevan a nadar.

La piel del lomo, al tocarla, parece un material sintético. Los ojos de estos mamíferos, por algún motivo, te convencen de que pueden ser animales dóciles pero que es mejor no bromear. Cruzan, con la gente de lastre, a un ritmo de récord mundial. Con la tarea cumplida, muestran sus dientes parejos y chatos. Se les da un pescadito y lo dejan resbalar por la lengua hacia abajo, sin masticar.

Menos acrobáticos, pero igual de fascinantes, son los manatee, también conocidos como vacas marinas. ¿Qué hacen? No mucho, flotan como boyas en una pileta circular, a veces abren la boca y se tragan una zanahoria que flota en el estanque. Y sobre todo dejan que les crezca una fina capa de musgo en el lomo, como si fueran enormes piedras con aletas. Pasan la mitad de sus días durmiendo, viven en aguas poco profundas y son una especie autóctona de la Florida. Tienen algo hipnótico y la mayoría de los que se resisten a pasar de largo este estanque, terminan quedándose durante un rato largo.

Children’s Museum

Cruzando uno de los tantos puentes que unen las distintas lenguas de tierra de la Bahía con el Centro, y de ahí dirigiéndose hacia la pequeña Watson Island, está el Miami Children’s Museum (MCM). Se creó como un pequeño local dentro de un centro comercial hace 27 años, pero hoy ocupa su propio edificio.

El recorrido pretende presentar el mundo adulto en escala bajita: primero un banco donde se les enseña lo importante que es el ahorro y donde incluso pueden fabricar con crayones sus propios billetes; luego, un supermercado a escala en el que cargan pequeños carros con toda clase de alimentos y conservas hechas en plástico; al final, un escaparate de oficios. También hay un estudio de televisión, en el que se graba un noticiero en directo.

Jungle Island

La parada imperdible para recorrer Miami con chicos es Jungle Island. En su momento fue “La isla de los loros”, pero han sumado más animales, sobre todo un gran elenco de simios y reptiles archiconocidos pero poco vistos, como la cobra.

El parque lo creó un carpintero de origen austríaco, Franz Scherr, en 1936. La idea era que fuera un lugar donde los pájaros pudieran ser vistos fuera de jaulas. Setenta años después, el espectáculo Winged wonders (Maravillas aladas) sigue siendo la carta ganadora de este parque.

Durante media hora, en un pequeño auditorio, se ven pasar toda clase de pájaros que hacen pruebas increíbles: un loro anda en bicicleta, un casoar se come de un solo bocado una manzana que el entrenador tira al aire y un cóndor abre sus enormes alas y pasa volando al ras del público.

En el recorrido también hay un corral lleno de canguros y los cachorros se acercan a los visitantes para que los alimenten con biberones llenos de leche.

Más allá, los chimpancés se hamacan en cubiertas de tractor, los lémures dan vueltas y te saltan en la cabeza cuando se deja de alimentarlos. El mono capuchino, con su cabeza blanca, se mueve displicente por la jaula hasta que se acerca a la reja una chica de pelo negro y muy buen porte. Parece –explican después– que ella es muy parecida a su cuidadora y eso solamente saca al animal de su letargo.

El mono pega saltos y se lanza contra la reja para demostrarle su afecto. Para alguien que no conoce mucho más de animales, esto bien podría ser la verdadera bienvenida a la selva.

17 julio 2010

Los errores que no hay que cometer cuando se viaja al Machu Picchu

Cada año miles de turistas de todo el mundo se deciden a visitar las impresionantes ruinas arqueológicas de Machu Picchu en la región de Cuzco, en Perú. Como todo destino concurrido, la experiencia de muchos debe servir para que el viajero advertido no cometa los errores más comunes que hacen que no aproveche al máximo su visita.

Por ello veremos los errores más comunes de los turistas y así, mientras das con un buscador de vuelos baratos para prepararte para ir hacia Perú, aprendes lo que no debes hacer una vez allí.

Error: no aclimatarse. Por más que se esté en muy buena forma, la altitud en la zona de las ruinas es de casi 2.500 metros sobre el nivel del mar, y es importante dejar al organismo acostumbrarse a la misma, para evitar sufrir el mal de altura. De todas formas, muchas agencias de viajes recomiendan aclimatarse en Cuzco, que está a 3.400 metros de altura, así que hay que tener esto en cuenta. Si vas a realizar el Camino del Inca como senderista, definitivamente debes quedarte en Cuzco un par de días antes de comenzar.

Error: tomar el tren directamente en Cuzco. Puede parecer que la forma más simple de llegar a las ruinas es ésta, subir al tren directamente, pero demora mucho más que si tomamos un taxi o un autobús hasta Ollytatambo en el Valle Sagrado – y más si tenemos en cuenta que parte de las vías aún están afectadas por los derrumbes de principios de año. Una vez allí, puedes tomar el tren hacia las ruinas y habrás ahorrado al menos una hora de viaje.

Error: tomar el tren Vistadome. Si bien ofrece comodidades y unos enormes ventanales con las vistas más hermosas, el Vistadome es un tren más caro que el Tren de los Mochileros. Este último permite viajar con comodidad y también da la posibilidad de hacer hermosas fotografías de las vistas. Puedes ahorrarte unos 40 euros en esta opción. Solamente hay que tener en cuenta que en esta opción más económica de tren no dan bebidas ni bocadillos, pero teniendo en cuenta que el trayecto es de sólo una hora y media, no necesitamos tanto y además podemos llevarlo nosotros mismos.

Luna de miel de regalo para la primera pareja gay que se case en Argentina

En Argentina se aprobó la ley que autoriza el matrimonio homosexual, y por ello el gobierno de la ciudad de México ofrece a la primera pareja que dé el sí un viaje a la capital azteca con todos los gastos pagos.

La iniciativa tiene por objetivo incentivar el turismo gay friendly en México, y el secretario de turismo mexicano Alejandro Rojas explicó que no sólo es un reconocimiento a la tolerancia puesta de manifiesto en la nueva legislación argentina sino que además el regalo incluye unos días en un destino de playa.

El gobierno de la ciudad de México correrá con los billetes de avión y busca apoyo de hoteleros y restaurantes para el resto de los gastos.

De esta forma, México busca ser un destino de referencia en el turismo gay, un segmento que consume un 47% más que otros, interesándose por el arte, la cultura, la gastronomía y las compras.

Breve ruta por Río de Janeiro

En esta ocasión vamos a visitar la ciudad brasilera de Río de Janeiro, considerada como una de las ciudades más turísticas no solo del país sino de Sudamérica. Sin duda la época en la que más gente llega hasta aquí es en el mes de febrero, fecha en la cual se lleva a cabo el famosísimo Carnaval, a donde las mejores escuelas de zamba muestran sus comparsas a público.

En Río de Janeiro tenemos la posibilidad de descubrir maravillosas playas como Copacabana e Ipanema.

Además en Río no podemos dejar de visitar una de las 7 Nuevas Maravillas del Mundo Moderno. Nos referimos al monumento del Cristo Redentor, el cual se ubica en lo alto del Cerro Corcovado.

Es importante mencionar que si te animas a viajar a Río de Janeiro, debes llevar contigo buena cantidad de dinero pues hoy en día es considerada como la ciudad más cara de América, posicionándose a nivel mundial en el puesto 28. Aunque no lo creas, Río de Janeiro ha logrado posicionarse antes que la ciudad de Nueva York, como uno de los lugares con mayor coste de vida. ¿Puedes creerlo?

Otro dato curioso sobre la ciudad es que según la Revista Forbes, Río de Janeiro es considerada como una de las ciudades más felices a nivel mundial, y es que aquí la fiesta parece nunca acabar.

Una nueva forma de turismo que se ha puesto de moda en Río de Janeiro es la visita a las favelas, callejones a donde encontramos las casas más pobres de la ciudad, donde los derechos fundamentales de las personas parecen no existir pues la población vive entre pobreza, suciedad y violencia.

13 julio 2010

Los Esteros del Iberá un laberinto de lagunas, ríos y arroyos

Es el reino de los pantanos, el junco, el yacaré de fauces abiertas, el carpincho y las balsas lentas del atardecer; las islas de plantas entrelazadas y el aguará guazú. Los Esteros del Iberá están conformados por cientos de riachos, arroyos, lagunas, bañados y embalsados, al norte de Mercedes, Corrientes ( Argentina).

Asentado sobre antiguos lechos del río Paraná, Iberá ocupa más de un millón de ha, lo que lo convierte en el segundo humedal más grande del mundo detrás del Pantanal brasileño. Pese a las distancias que los separan de los centros urbanos, acceder a los esteros resulta relativamente sencillo. Lo ideal es desde Colonia Carlos Pellegrini, la “puerta de entrada al humedal”. Este poblado rural –con menos de mil habitantes– se ubica sobre Iberá, una de las mayores lagunas de las sesenta que tienen los esteros. Desde allí es posible internarse a caballo en los pantanos, recorrer senderos que cruzan malezales y navegar las lagunas cuya profundidad varía de uno a tres metros, en botes que guían baqueanos.

Area protegida

Favorecida por las características geográficas que permitieron conservar en gran medida la virginidad natural, la fauna es muy variada. Especies amenazadas encontraron aquí un sitio protegido para su reproducción, como el ciervo de los pantanos, el venado de las pampas, el lobito de río, el yacaré overo, el carpincho, el mono aullador y el aguará guazú, una extraña especie de lobo de costumbres esquivas que sólo puede ser visto de noche, cuando sale a cazar roedores. Hay proyectos que intentan recuperar el yaguareté, extinguido hace casi cien años en Iberá y del que quedan pocos ejemplares en zonas cercanas, como Misiones y Chaco.

En la flora de los esteros, diversa y particular, se destacan el camalote y el irupé, especies acuáticas que toman parte activa en la formación de embalsados, unos conglomerados de vegetación y tierra que flotan a la deriva como grandes islas móviles. Tienen su origen en camalotales, en cuyo entrelazado de raíces se acumula tierra que luego termina convirtiéndose en un islote esponjoso sobre el que viven algunos animales e, incluso, crecen nuevas especies vegetales. Arrastrados sobre el agua por el viento y las corrientes, los embalsados cambian la geografía constantemente y dan lugar a leyendas sobre tierras que aparecen y desaparecen mágicamente de un día a otro.

No hay mejor manera de conocer los esteros que navegándolos. Explorarlos sobre un bote o una piragua permite no sólo vivenciar a pleno la geografía de la región, sino también entrar en contacto directo con los animales y disfrutar de la paz de la naturaleza. Pilotados por baqueanos que los deslizan sobre la superficie ayudados por largas varas de madera, los botes se mueven lentos, orillando los embalsados en la búsqueda de ciervos, carpinchos y yacarés, que suelen asolearse en las riberas. Sobre el agua quieta, el cielo se refleja como en un descomunal espejo, remitiendo a la voz guaraní de la que deriva el vocablo iberá, que significa “agua brillante”. Los guaraníes habitaban la zona a la llegada de los españoles, en el siglo XVI, pero se estima que antes se asentó aquí la etnia amazónica kaingang –“hombres de los bosques”–, que habría llegado a la Mesopotamia en el primer milenio aC.

El epílogo perfecto

Hacer pie sobre los embalsados resulta una experiencia inolvidable: hundido por el peso de los cuerpos, el terreno fangoso de los islotes parece ceder a cada paso. A veces, las piernas se sumergen en un pequeño bañado, en otras se pierde ligeramente el equilibrio tras haber sorteado un malezal. También sentimos que flotamos sobre un insólito colchón, hasta que un ciervo se nos aparece a corta distancia, entre unos pajonales cercanos. Admirándolo, es imposible no pensar en un premio para tanto juicioso andar sobre tierras de dudosa firmeza.

Tras los yacarés de fauces abiertas, aguas convertidas en espejos y ciervos de los bañados, el atardecer es siempre el epílogo perfecto para cualquier navegación por el Iberá. A la hora del último sol, los esteros se van perdiendo en las sombras agigantando ese carácter mítico del que hablan viejos pobladores. Tierras que hoy están y mañana desaparecen, islotes a la deriva; todo es posible en esta geografía cambiante.

Viajes: Echa un vistazo a las playas de la Florida desde la Web

Si te gustan las webcams y la posibilidad de espiar parajes lejanos, ya sea que los hayas conocido alguna vez o no, esta vez te traemos el dato de que puedes ver desde tu ordenador las hermosas playas de la Florida, al sur de los Estados Unidos.

Este sitio tiene por finalidad llevar tranquilidad a los futuros viajeros, preocupados por la forma en la que el derrame de petróleo en el Golfo de México pudo haber afectado estas playas.

Para ello se dispuso del micrositio Florida Live, que permite ver en vivo las playas de la Florida.

La Oficina de Turismo de Florida adicionó – además de las cámaras web –, reportes del clima en todos los destinos cubiertos, condiciones de las playas, y un videodiario realizado por un blogger de Florida Live.

Viajes: Escenas de un mundo perfecto por las islas de Tahití, Huahine y Moorea

Allá abajo, en Papeete, es casi medianoche. Hemos seguido en vano a un sol anaranjado en su derrotero hacia el oeste. Y ahora desde la ventanilla del avión, la isla apenas se muestra como un puñado de luces desparramadas al azar. Ninguna seña de identidad, ninguna imagen que deje intuir lo que vendrá. Es casi medianoche en Papeete y en el aeropuerto igual hay un revuelo de rituales. “Ia orana, maeva”, dice una mujer alta y flaca, toda vestida de blanco, a modo de bienvenida. Y coloca un collar de flores multicolores. A un costado, un trío toca el ukelele y entona canciones algo dulzonas, mientras otra mujer con una canasta colgando del brazo sale al paso y entrega una flor blanca y perfumada –tiare, la flor nacional, bastante parecida al jazmín– que hay que colocarse, como lo indica la tradición, detrás de la oreja. Hemos llegado finalmente a Papeete, capital de la isla de Tahití, epicentro de la Polinesia Francesa, luego de un largo vuelo con escalas en Santiago de Chile y la Isla de Pascua. Y nada calma la ansiedad. No es igual a cualquier aeropuerto, el aeropuerto que te han dicho que te deposita en las puertas del paraíso. Ni las flores ni el sonido del ukelele ni las sonrisas genuinas de las mujeres, nada calma las ganas de verlo y comprobarlo todo. Uno cree –lo ha escuchado, lo ha leído, se lo han dicho con decenas de adjetivos– que en esta geografía ahora cubierta por el manto negro de una noche cerrada, aquí, al otro lado del planeta, se acomoda un mundo casi perfecto.


Uno ha escuchado que aquí el mar es el mar más bello de todos los mares del mundo; que los atardeceres desprenden colores nunca antes vistos; que las mujeres que cautivaron a Paul Gauguin y Marlon Brando entran en trance cuando bailan; que los peces de colores saltan por encima de las olas; que los paisajes parecen una ensoñación; que las flores son gigantes; que los habitantes de las islas parecen ser felices. Uno supone, entonces, que aquí, en los remotos mares del Pacífico Sur, se esconde el paraíso. Y espera el momento para comprobarlo.
Del aeropuerto partimos en una combi y atravesamos Papeete. La ciudad, con 180.000 habitantes, es la más poblada de la Polinesia. Con sus casas bajas y una extensa costanera, podría ser a primera vista cualquier pueblito del Caribe. Las calles están llamativamente vacías. Apenas un puñado de jóvenes tomando cerveza en una plazoleta. “La Polinesia se disfruta de día”, aclara el conductor de la combi. Llegamos al hotel Radisson. Las olas rompen con furia a metros de la habitación. Es la una de la mañana en Tahití y habrá que intentar dormir algunas horas, aunque el reloj interno aún ajustado al tiempo de Buenos Aires, marque que recién son las seis de la tarde.

Bajo el sol tropical

Las islas de la Polinesia Francesa son las más aisladas del planeta. Basta con chequearlo en un mapamundi. Tahití queda a 9.000 km de Buenos Aires; a 6.000 de California; a 9.000 de Tokio y a 17.000 de París. Más cerca, la rodean Hawai, Pascua, Samoa, Fiji, Nueva Guinea y Australia.
Bajo el paralelo del Ecuador, la Polinesia es un conjunto de cinco archipiélagos formado por 118 islas dispersas en medio del Pacífico Sur. En total, la superficie de los cinco archipiélagos suma 4.200 km2, que flotan en medio de 4 millones de km2 oceánicos (superficie similar a la del continente europeo). Tahití es el epicentro de las llamadas Islas de la Sociedad, que además incluyen a Moorea, Bora Bora, Maupiti, Tahaa, Huahine y Raiatea, entre otras perlas que flotan entre el cielo y el mar.

Tahití es el punto de llegada y partida de cualquier viaje a la Polinesia. Se le suele dedicar sólo un día de estadía. Es algo así como la antesala del paraíso.

Partimos en una combi por la mañana para recorrer el centro de Papeete. Visitamos primero el James Norman Hall Museum, instalado en la antigua casona donde vivió el escritor de la novela Motín del Bounty, protagonizada en cine por Clark Gable, Marlon Brando y más recientemente por Mel Gibson.

Luego visitamos el Wan Museum Pearl, donde se explican los distintos pasos del cultivo de perlas y se exhiben ejemplares, que en algunos casos llegan a un precio de medio millón de dólares.

Saludos y camisas hawaianas

Al final del recorrido llegamos al mercado, uno de los puntos más genuinos de la ciudad. Es una enorme construcción de dos plantas, estilo galpón, que ocupa una manzana donde se amontonan productos de todo tipo, en medio de un desbordante ambiente de voces, aromas y colores.
Hay entre cientos de mesas apiñadas todo lo que uno se puede imaginar: aros, collares de caracoles, caracoles, remeras con el nombre de las islas, pareos, frutas, frutos de mar y pescados enormes, conservas, aceites para el cuerpo, tikis de todos los tamaños (unos tótems bastante feos, que tienen el supuesto don de proteger a las casas y sus habitantes), perfumes, bolsos, sombreros y varios locales de tatuadores, que están siempre llenos de gente.

Al salir del mercado, un hombre de baja estatura, con un collar de flores y vestido con camisa de mangas cortas, se abre paso, gallardo, entre la gente a pura sonrisa y saludos, aunque no le sean devueltos. Detrás del señor que reparte saludos, cuatro hombres corpulentos lo acompañan hasta un auto. “Es Gaston Sang, el presidente de la Polinesia Francesa. Vino al mercado para la apertura del Congreso del aceite de coco”, apunta el guía de la secretaría de Turismo local, Albert, un gigantón con una camisa hawaiana negra con flores blancas también gigantonas.
Albert dice que estuvo con algunos ex presidentes argentinos; que integró la comitiva que guió por la isla a Carlos Méndez –sí, Méndez repite risueño cuando se le pregunta qué dijo– y a Néstor Kirchner, que aquí también se escapaba de sus custodios, siempre según las incomprobables palabras de Albert.

Hacia Huahine

Las hélices del avión de Air Tahití nos impulsan con rumbo a la isla de Huahine. En el trayecto, nos preguntamos –medio en broma y medio en serio– cómo hará el piloto entre tantas islitas desparramadas en medio del mar, para saber cuál es la indicada para el aterrizaje. A la media hora del despegue, sobrevolamos Huahine.
La vista, ahora sí, a pleno sol, es conmovedora. Desde el aire, la isla parece un cuadro impresionista, con sus montañas tapizadas de un verde brillante y la increíble gama de colores del mar que la abraza. Entre la costa y los anillos de coral, el agua de la Polinesia es celeste y muy calma, al punto que a ese sector se lo llama laguna; pasando los arrecifes, el mar se vuelve esmeralda, turquesa, azul profundo.

Huahine, que en lengua local significa sexo de mujer, es una de las islas más autóctonas de la Polinesia. Para llegar al hotel Te Tiare, uno de los dos grandes resorts de la isla, abordamos un lanchón en el pequeño pueblo de Fare. “Huahine es como Bora Bora hace 50 años, antes del turismo masivo”, se enorgullece un nativo en la lancha.

Atravesamos un mar obscenamente transparente y a los diez minutos llegamos a Te Tiare, construido en una bahía de arenas blancas y aguas turquesas al pie de una montaña selvática. Nos recibe un nativo en el muelle haciendo sonar un caracol gigante. Y otra vez aceptamos inclinar la cabeza y que nos coloquen un collar de flores multicolores.

A la mañana siguiente, nos encontramos con Armando para hacer una excursión náutica alrededor de la isla. Armando es nativo de Huahine, lleva un pareo anaranjado y una escandalosa corona de flores y grandes hojas. Armando juega al “buen salvaje”, aunque a cada rato se olvide del papel. Lleva tres tatuajes: dos guardas en el antebrazo derecho y una en el izquierdo. “Antes los tatuajes hablaban de la historia de una persona. Ahora no, es moda, uno mira un catálogo y se hace el que más le gusta. Son lindos, ¿no?”, dice y se mira los brazos.
La excursión incluye un almuerzo en un motu (isla desierta). Armando prepara los platos a metros del mar turquesa: mahi-mahi (el pescado típico de las islas), lomo de atún frito, cerdo, pollo y una deliciosa ensalada con pez espada cortado en dados, pepino, tomate y zanahoria, condimentada con limón y jugo de coco. Luego arroja restos de comida al mar y a los segundos empezamos a almorzar a metros de centenares de peces de todos los colores y tamaños que sacuden el agua cristalina.

Antes de partir, toca el ukelele y canta, pero repentinamente suena el celular que lleva en su pareo anudado a modo de chiripá, pide un momento y se pone a hablar dándonos la espalda. ¿Quién era?, preguntamos. “Nadie, nadie”, cambia de tema.

Entre tiburones

La lancha avanza sigilosa como un pez por las aguas turquesas. Estamos en medio del mar más bello de todos los mares. Calmo como una pileta y enorme como un desierto. En algunos tramos, el agua se confunde con el cielo, y el mar entonces parece marcar que luego de él ya no hay nada. Y sobreviene una rara sensación de que cualquier cosa puede estar ocurriendo en el mundo en este mismo momento en el que uno sigue concentrado en los colores que la lancha va dejando atrás. Pero Armando pega un grito y anuncia que nos llevará a nadar con tiburones.


”Vamos a ver a Claude”, grita. Claude es un francés sesentón que hace 20 años abandonó París, se radicó en Huahine y adoptó un oficio al menos raro. En un viejo barco anclado a un km de la costa, Claude vive ahora de alimentar tiburones y mostrárselos de cerca a los turistas. Hay que ubicarse detrás de una soga, a unos cinco metros del barco y desde allí con snorkel se puede observar cómo Claude le da de comer a los tiburones. La indicación es tajante: no se puede pasar del otro lado de la soga, donde sólo estarán él y los tiburones.

Los más audaces ya están ubicados en primera fila. Claude golpea el agua con enormes trozos de pescado y a los segundos empiezan a aparecer aletas grises por todos lados. Los tiburones deben tener dos metros de largo. Se pasean desafiantes. Aunque no parecen muy interesados en los turistas que los miran desde cerca, snorkel de por medio. Alguien advierte que los tiburones se pasaron del otro lado de la soga y nadan a nuestras espaldas. Volvemos dando largas brazadas al barco, aunque los tiburones que se nos cruzan cambian de rumbo más rápido que nosotros. Armando ríe con ganas. “Nunca se han comido a un turista”, asegura.

A la noche hablamos del encuentro con los tiburones, mientras disfrutamos de un sahimi de atún rojo y frutos de mar, acompañados por un frutado blanco francés. De sobremesa, aun habrá tiempo para disfrutar desde un ventanal con vista al mar de una enorme mantarraya que se mueve a centímetros de la superficie, tal vez atraída por la luz del hotel.

Otra isla, el mismo mar

El vuelo 261 de Air Tahití nos deposita en media hora en Moorea, la segunda isla en importancia turística luego de Bora Bora. A la mañana siguiente, tomamos otra excursión náutica, que promete llevarnos a un santurario de delfines. La travesía va descubriendo una sucesión de bahías con fondo de montañas de curiosas formas y espesa vegetación. En cada bahía, un hotel con bungalows construidos sobre el agua. En esas habitaciones rústicas por fuera y a todo confort por dentro, hay pisos de cristal para espiar a toda hora la vida acuática.

A la media hora de navegación, llegamos finalmente a una zona donde un centenar de delfines nada en círculos, a menos de un kilómetro de la costa. “Están nadando dormidos, por eso no saltan”, dice Harold, timonel de la embarcación. Más adelante, llegamos a un piletón cercano a la costa. Apenas se detiene la lancha, desde todos lados se acercan mantarrayas.

Están acostumbradas a que las alimenten desde los barcos y acuden a toda velocidad. Como los perros de Pavlov, pero bajo el agua. Apenas se pone un pie en la arena, se vienen encima. Tienen el lomo áspero y la panza algo gelatinosa. Son inofensivas, pero hay que cuidarse de no pisarlas; en ese caso, atacan.


A la noche, asistimos al Tiki Village Theatre, dirigido por Olivier Briac, un coreógrafo francés que acredita haber dirigido a Moria Casán en el Tabarís de Buenos Aires. Ahora comanda un cuerpo de 60 bailarines y un complejo a orillas del mar que aspira a mostrar la auténtica vida de los antiguos habitantes de la Polinesia. Hay tiendas donde se puede ver cómo trabajan los artesanos y viviendas típicas. Todo huele un poco a espectáculo for export, pero el cierre con danzas típicas justifica la visita.

Final del juego

Ultimas imágenes del paraíso. Un ferry nos lleva hasta Tahití. Hay que empezar a pensar en la partida. Pero aún quedan algunas horas de playa. Otra vez, los paisajes hipnotizan. Desde la cubierta, la isla de Tahití parece una ensoñación. Tras el mar azul, entre la bruma, aparece la silueta de la isla con sus casitas colgando de la ladera de la montaña. A la tarde, llueve en el paraíso. Y uno igual no le puede sacar la vista al paisaje. Está nublado y ahora el mar parece haberse vuelto plateado. Las gotas repiquetean contra el piso y las palmeras se zarandean.

Todo dura unos cuantos minutos. Hasta que el sol vuelve a brillar y el mar se convierte otra vez en una pileta turquesa que muere en la arena fina y negra de Papeete. El agua está tibia y los peces nadan en fila india cerca de la costa: azules, rojos, amarillos, anaranjados, fucsias. El mar retiene, aplaza la despedida. Y uno quiere unos minutos más. Y se da el último chapuzón.

Mientras preparo la valija, miro el paisaje por última vez; miro como quien sabe que ya no verá y trato de retenerlo todo. Ha empezado a caer el sol. El mar está planchado, exótico en su inmensidad. En medio de esa nada inabarcable, diminutas, aparecen dos piraguas. Sólo ellas y el sol anaranjado sobre el mar. ¿Qué se sentirá estando tan solo en medio del paraíso? Miro ya en descuento, cuando la partida es un hecho inevitable. Y las últimas imágenes de la Polinesia me siguen pareciendo una ensoñación. No es fácil acostumbrarse a tanta belleza. No es fácil acostumbrarse a la Polinesia.

Noticias del mes (revisa por meses)